VOLTERETAS DE VIDA

LA LUCHA DE UN PADRE

Hace una semana traíamos a la portada de Onda Corazón un entrada que denominamos “Lagrimas de Vida” donde esta emisora se hacía eco de lo vivido en la I Gala de la “Fundación Donando Vidas” y nuestro compromiso de hacer todo lo posible para difundir ese acto tan solidario como es la donación de órganos.

En aquella ocasión ya nos referimos a que uno de los premiados en esa Gala fue José Ignacio Ruiz-Herrera dentro de la categoría Esperanza. 

Hoy traemos a esta entrada la Historia de Jose Ignacio, historia con mayúsculas, porque es todo un ejemplo de solidaridad y de esperanza.

Enrique, “Quique”  es un chico de Rota de unos 14 o 15 años. Practica tricking, que podría decirse que mezcla movimientos del taekwondo, el kárate, el wushu o la capoeira, además de gimnasia artística y breakdance.

Unas volteretas “dan vida”, en palabras de su padre, José Ignacio Ruiz-Herrera, que todavía se echa las manos a la cabeza cuando recuerda cómo su hijo, apenas dos semanas después de ser trasplantado de riñón, estaba ya dando volteretas por las calles de Rota. Salta y da volteretas por defecto. Es su manera de recordarse que ahora puede hacerlo, porque hubo un tiempo en el que no aguantaba.

Quique, con tan solo 18 días tuvo una fiebre muy alta . Unas pruebas determinaron que lo que tenía era insuficiencia renal crónica, sus riñones no funcionaban como deberían. Esta enfermedad provoca que estos órganos no puedan filtrar bien la sangre, acumulando desechos en su cuerpo y causando otros problemas de salud. “En ese momento se te cae el mundo”, dice el padre de Quique, José Ignacio, ya que “es muy complicado de asumir”.

El pequeño Quique hizo durante este tiempo una vida normal hasta donde sus riñones se lo permitían porque  se sentía muy cansado y afirma que cuando, “estaba entrenando media hora ya no podía ir otra vez hasta una semana después”.

Como Quique necesitaba un riñon, su padre, José Ignacio, se ofreció a donárselo. Después de meses de pruebas llegó el día. El 29 de marzo de 2016 entraron padre e hijo en quirófano, “con muchos nervios pero con seguridad porque todas las pruebas decían que era posible”, recuerda José Ignacio.

Pero Quique no aceptó el riñón de su padre y, cuatro días después del trasplante, hubo que quitárselo. “Tuvo cuatro intervenciones en nueve días”, dice el padre, quien en ese momento intentó tirar la toalla de la lucha por la donación de órganos, pero Quique le dijo una frase que le marcó para siempre: “Seguiremos luchando”. Tanto le marcó que se la tatuó en el antebrazo derecho. En el izquierdo tiene otra frase, de su hija Nerea: “También lo harías por mí”. En el estómago, junto a la cicatriz que le provocó la extracción de su riñón, tiene otro: “Mi lucha es mi bandera”. José Ignacio confiesa que, cuando los ánimos no acompañan, se mira los tatuajes y le vuelven las fuerzas.

A ese primer “fracaso”, como lo define José Ignacio le siguió una victoria. El teléfono sonó el 12 de marzo de 2018 a las cinco y media de la mañana. Llegó el día: había un órgano para Quique. Pocas horas después, a las ocho de la mañana, ya estaban en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla para someterse a una nueva intervención que, esta vez sí, terminó bien. Ese día comenzó una nueva vida para Quique, quien desde entonces ha notado una mejoría notable, ya que puede hacer su deporte favorito y comer sin tantas restricciones.

José Ignacio da las gracias “a los corazones que lo han hecho posible”, y al donante que ha permitido que su hijo tenga un riñón sano y considera que su historia “sirve para que llegue el mensaje y se conciencia sobre la importancia de hacerse donante”.

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