El mosaico romano de Aznalcázar: una laboriosa recuperación

En la localidad sevillana de Aznalcázar, hace unos años, se llevó a cabo un proyecto de rehabilitación de su antiguo pósito, al objeto de adecuarlo para uso social. Dado el valor patrimonial de la antigua construcción y el previsible potencial arqueológico del subsuelo, en 2005 se acometieron investigaciones arqueológicas previas a las obras; éstas se materializaron en una doble vertiente: por un lado, se efectuó un sondeo estratigráfico en el área del patio, y por otro, se realizaron lecturas paramentales de algunos de los elementos emergentes.

Quizás el mayor interés de las excavaciones era el de verificar si, como manifestaban J. Hernández, A. Sancho y F. Collantes en su “Catálogo Arqueológico y Artístico de Sevilla y su Provincia”, el pueblo actual tiene correspondencia con la Olontigi romana; además, dichos profesores le otorgaban la misma filiación a la cercana muralla (en realidad, lo actualmente visible es de época islámica) cuya puerta, denominada como “Arquillo de la Pescadería” es adyacente al pósito. Ninguno de estos extremos pudo verificarse, si bien, dada la situación geoestratégica de Aznalcázar: junto a un cauce fluvial y en una pequeña elevación sobre toda la planicie marismeña, así como las numerosas monedas de la ceca de Olontigi encontradas en la zona, nos induce a pensar en el acierto de la mencionada hipótesis.

No se encontraron más restos arqueológicos aparte del propio mosaico (según el director de la intervención, ni siquiera algún fragmento de cerámica u otros materiales muebles) por lo que su datación sólo puede realizarse mediante comparación morfoestilística, lo que arroja un marco temporal muy amplio ya que se elaboró usando técnicas y motivos decorativos -dibujos geométricos simples- sumamente frecuentes. En cuanto a las dimensiones y forma, tampoco se conocen, dado que el pavimento se perdía bajo las casas colindante

Terminada la excavación, el mosaico se extrajo separado en varios paños que fueron apilados sobre palés y dejados a la intemperie someramente cubiertos por una lona; esta circunstancia, que se prolongó durante bastantes años, le afectó seriamente, amén de hacer imposible la evaluación de su estado por cuanto sólo se veía algo del fragmento superior y los cantos del resto. No obstante, sí se pudieron colegir dos características: sobre las teselas que lo conforman, apreciamos que son de mayor tamaño de lo habitual (unos 2 cm²), que están talladas en mármol de buena calidad, y que presentan muy escaso cromatismo (negro, blanco y varios tonos grises-rosados que, por el jaspeado, hacen más vistoso el limitado colorido); sobre el soporte que las recibe, observamos que está compactado en varias capas superpuestas y que estas presentan un mortero también de buena calidad, bastante rico en cal.

A partir de tan escasos datos, y no obstante la ampliación de conocimiento que aportaron las diversas analíticas practicadas al mosaico una vez depositado en las instalaciones del IAPH, desde la perspectiva arqueológica sólo podemos concluir que, cronológicamente, podría encajarse (en base a paralelismos con otros similares más o menos cercanos) entre los siglos II a IV d. C., y que su ubicación posiblemente fuera en una estancia amplia o espacio abierto (por el gran tamaño de las teselas y por que, dado su bicromía y poco elaborado dibujo, no debió pertenecer a una habitación noble), especulándose con un edifico público. Como quiera que la calle trasera ha llevado el nombre secular de “Baños” -que serían árabes, pero dada la frecuente reutilización de usos y espacios en ámbitos urbanos, no se puede descartar la pervivencia del topónimo desde momentos romanos-, es verosímil pensar que el mosaico de Aznalcázar pudiera adscribirse a unas termas.

Ya en el Taller de Patrimonio Arqueológico del IAPH, quitar los plásticos de embalaje y ver el estado en el que se encontraban los restos del mosaico hay que reconocer que fue impactante. En los meses siguientes había no sólo que recuperar las condiciones de estabilidad que habían perdido sus materiales constituyentes sino, también, la unidad física de los fragmentos, lo que nos permitiría volver a contemplar su diseño geométrico.

Había que plantear las actuaciones de la manera más conveniente para alcanzar nuestro objetivo y en esta tarea ha sido fundamental la suma del trabajo de técnicos de distintas especialidades: dos restauradoras, una arqueóloga, una geóloga, un biólogo y un fotógrafo.

Como en cualquier intervención que se realiza en el IAPH se busca adquirir el máximo conocimiento posible sobre las obras antes de abordar su intervención. Las técnicas de examen por imagen, en este caso la fotografía de alta resolución, constituyen el paso previo para documentar el estado inicial en el que llega la obra al Instituto. Cuando el estado de conservación es tan precario como ocurría con el mosaico es gratificante contar con el testimonio del punto de partida, del proceso y del resultado final del trabajo realizado.

Caracterizar los materiales del mosaico tenía para nosotros una gran importancia para profundizar en aspectos relacionados con su técnica de fabricación, su estado de conservación, y la posible procedencia del mármol empleado en las teselas. Mediante la realización de un estudio arqueométrico se pudo identificar la cantera de la que se extrajo el mármol, Almadén de la Plata. Así mismo, pudimos documentar la superposición de capas o estratos de mortero y estudiar los diferentes grosores y tonalidades de cada capa de la estratigrafía.

La exposición de los dos únicos fragmentos conservados a un nuevo entorno tras la excavación ha dado lugar a la aparición de diversos tipos de deterioro: físico, químico, biológico y antrópico, que han repercutido en su estabilidad. Y es que en en el caso de los materiales arqueológicos, el desequilibrio generado al cambiar las condiciones del ambiente en el que se encuentran las piezas da lugar a numerosas alteraciones.

En el mosaico destacan las de tipo mecánico como grietas, fracturas, fisuras, deformaciones, desprendimiento de teselas etc….pero también las alteraciones cromáticas cuyo origen se encuentra en la presencia de depósitos de suciedad superficial, abrasiones, concreciones calcáreas sobre la superficie y manchas de origen biológico.

Las condiciones en las que estuvo almacenado, a la intemperie y con los fragmentos superpuestos, contribuyó al deficiente estado en el que llegaron ya que, además, los materiales que se utilizaron en el embalaje original, espuma de poliuretano y madera contrachapada, habían perdido totalmente su función.

En el taller vimos que uno de los fragmentos se conservaba entero pero colocado por el reverso, mientras que el otro había perdido su integridad física, presentando un estado lamentable debido a su alto grado de fracturación (4 piezas) y a la gran cantidad de teselas caídas y desubicadas. El estudio de estas últimas nos permitió ver que en muchos casos estaban erosionadas, fracturadas, fisuradas y desprendidas, especialmente por los bordes de las lagunas y el perímetro de las piezas. También se apreciaba una deformación en una de las piezas con un abombamiento del mortero con respecto al nivel del resto de la superficie.

Las alteraciones mencionadas se reflejaron en gráficos, en los que se dibujó también la ubicación de las teselas que se fueron localizando a lo largo del proceso de restauración y a las que se les fue dando una numeración.

En líneas generales, las actuaciones de restauración estuvieron encaminadas a mejorar las condiciones físicas del mosaico para devolverle la estabilidad y la consistencia material perdidas y, en último término, a recuperar su lectura. Los principales procesos fueron la limpieza para eliminar suciedad, depósitos superficiales, manchas, concreciones y todos aquellos productos ajenos al mosaico; la consolidación que constituye una actuación fundamental para mejorar las características de cohesión y adhesión entre sus materiales constituyentes; la reintegración de lagunas que contribuye a frenar la pérdida de teselas y de parte de los estratos inferiores así como a recuperar el reconocimiento formal del mosaico; la protección que favorece la conservación de los materiales, evitando o retardando la acción de los agentes ambientales de deterioro y, por último, la colocación de ambos fragmentos en sendos soportes estratificados o “tipo sandwich” adecuados por su alta resistencia, durabilidad, aislamiento ante agentes biológicos y atmosféricos y poco peso.

La intervención ha representado una mejora cualitativa del estado de conservación de los restos de pavimento pero, también, ha permitido ampliar el conocimiento que se tenía sobre el mismo contribuyendo a resaltar su valor patrimonial.

Constanza Rodríguez Segovia, restauradora
Esther Núñez Pariente de León, arqueóloga
Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico

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